POR MARINO BÁEZ
El debate sobre la seguridad alimentaria en República Dominicana se ha convertido en un peligroso juego de espejos donde la propaganda oficial y las cifras macroeconómicas chocan frontalmente con el bolsillo y el estómago de la gente, sobre todo, ante un discurso lujurioso que se contrapone con la realidad del ciudadano común.
Mientras desde las altas esferas gubernamentales, encabezadas por el presidente Luis Abinader, se celebra con bombos y platillos el reconocimiento de organismos internacionales, las calles del país narran una historia radicalmente opuesta que desdice y deja en evidencia que la realidad que estamos viviendo es completamente diferente al discurso que promueva dicha supuesta estabilidad económica.
Este contraste plantea una profunda interrogante editorial: ¿estamos ante un combate real contra la pobreza o frente a una refinada estrategia de demagogia política destinada a maquillar la realidad? o ¿Será que el mandatario no tiene acceso a los supermercados, donde la carestía y la inflación desducen acremente el bolsillo de los dominicanos?
Los antecedentes de este triunfalismo se sustentan en los datos publicados en el reciente Informe sobre el Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo (SOFI 2026) de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), documentada técnicamente en la Prevalencia de la Subalimentación (PoU) en el territorio dominicano que se redujo drásticamente desde un histórico 21.3%, registrado entre los años 2004 y 2006, pasando por un 8.7% en 2019, hasta situarse formalmente por debajo del 2.5%, por lo que científicamente, cruzar este umbral estadístico implica que el país ha “salido del Mapa del Hambre”, un hito que el oficialismo defiende como la consolidación absoluta del “Hambre Cero” en la región.
En este contexto, los propios levantamientos de los organismos internacionales contienen la letra chica que desmonta el discurso de la abundancia generalizada, ya que la misma FAO y agencias aliadas revelan que, a pesar de los avances en desnutrición crónica, más del 41% de la población dominicana aún enfrenta algún nivel de inseguridad alimentaria.
Sin dudas que estos informes dejan evidenciado que, si bien la hambruna extrema de los se ha reducido en los papeles, casi la mitad de los dominicanos experimenta incertidumbre sobre su próxima comida y tiende a reducir las porciones o sacrifica la calidad de sus alimentos debido a las asimetrías del mercado, además de que la mayoría de las veces se les hace imposible acceder a los artículos de la canasta básica debido al bajo salario que percibe.
La raíz de esta contradicción se encuentra en que las variables estrictamente calóricas de la subalimentación no contemplan el costo de la vida actual, en razón de que datos concurrentes del Programa Mundial de Alimentos (PMA) y de la CEPAL confirman que la pobreza afecta a casi una cuarta parte de la población dominicana, con el agravante estructural de que el 63% de los hogares vulnerables está encabezado por mujeres, sobre quienes recae con mayor fuerza el peso de la inflación y la precariedad de los servicios públicos básicos, dejando en evidencia que el poder adquisitivo real sigue rezagado ante una canasta básica familiar inalcanzable para la cotidianidad del trabajador promedio.
La desconexión es evidente cuando se analiza el panorama agropecuario nacional. Aunque el gobierno argumenta que el 85% de los alimentos consumidos se producen localmente, importantes líderes del sector productivo y de la oposición alertan que el campo dominicano está recibiendo estocadas mortales debido a las masivas importaciones de rubros esenciales como el arroz.
Sin dudas que esta política comercial debilita al pequeño agricultor rural, encarece la intermediación de los alimentos y transfiere las fluctuaciones de precios internacionales directamente al consumidor de a pie, ensanchando la brecha de desigualdad alimentaria. ¡Entonces! ¿De qué “Hambre Cero”, es que me viene hablando el presidente? Ese discurso confuso ni él mismo se lo cree, mucho menos los dominicanos.
Lo del “Hambre Cero”, del presidente a fin de cuentas no es más que una conclusión inequívoca, ya que reducir el hambre en medio de una vitrina de condecoraciones en el extranjero constituye una falta de sensibilidad social y una manipulación demagógica del dolor colectivo.
Señor presidente, la seguridad alimentaria no es una meta estadística fría que se alcanza por decreto; es una realidad que se comprueba en el mostrador del colmado y en las tres comidas diarias de la familia dominicana, sobre todo, en medio de un panorama que bordea una canasta familiar superior a los 50 mil pesos oro.
Mientras el crecimiento económico no se traduzca en una verdadera equidad distributiva y en la soberanía de nuestros campos, el “Hambre Cero” del gobierno oficialista seguirá siendo un espejismo publicitario pagado con los recursos del pueblo. ¡Dios nos Tienda la Mano!
El autor es escritor y periodista
Reside en Estados Unidos
Octubre 26, 2026


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