POR NELSON ABREU

CICLONOTICIAS.NET

Hay espacios que una ciudad no puede permitirse perder. No porque ocupen grandes extensiones de terreno, sino porque en ellos permanece una parte de su memoria, de su temperatura, de sus sonidos y de su relación con la naturaleza. El Parque Duarte de Bonao es uno de esos lugares.

Durante años, la transformación de su entorno y la pérdida progresiva de arborización fueron convirtiendo lo que debía ser un refugio vegetal en un espacio cada vez más expuesto al cemento, al calor y a la reducción de la vida natural y cuando desaparece el árbol, no desaparece únicamente la sombra, también se alejan quienes dependen de ella.

El carpintero, la cigua palmera y la paloma no son simples elementos decorativos del paisaje. Su presencia expresa que todavía existe un ambiente capaz de ofrecer alimento, refugio, descanso y reproducción. Cuando dejan de frecuentar un parque, deberíamos preguntarnos qué ha ocurrido con el hábitat que antes los sostenía.

Por eso, recuperar el Parque Duarte no debería limitarse a pintar sus estructuras, reparar sus bancos o mejorar sus caminos. Todo eso puede ser necesario, pero resulta insuficiente. El verdadero rescate comienza por comprender que un parque es un organismo urbano.

Necesita árboles, necesita diversidad vegetal, necesita sombra, necesita suelo vivo, necesita aves, insectos y otros pequeños habitantes que, aunque muchas veces pasan inadvertidos, forman parte de la dinámica natural del lugar.

La arborización, entonces, no debe concebirse como una operación estética, debe ser una política de recuperación ambiental.

El Parque Duarte puede convertirse en un núcleo verde de Bonao: un punto desde el cual la naturaleza vuelva a ocupar un lugar visible dentro de la ciudad. Un núcleo no significa simplemente sembrar árboles al azar, significa construir una estructura vegetal capaz de sostener vida y generar efectos que trascienden los límites del propio parque.

Cada árbol que crece produce sombra, cada copa que se desarrolla modifica el microclima, cada especie vegetal adecuada puede ofrecer alimento o refugio y cuando esa estructura comienza a consolidarse las aves encuentran nuevamente razones para regresar.

Entonces ¿podría volver a escucharse el golpe característico del carpintero sobre la madera? ¿Podría regresar la cigua palmera? ¿Podría recuperar la paloma a sus espacios habituales?

Y la ciudad, ¿podría recuperar algo que no se compra con cemento, la sensación de estar viviendo dentro de un ambiente vivo? Las respuestas deberían ser positivas en razón en cuanto al horizonte interno orientado al rescate del Parque Duarte.

El pulmón de una ciudad no siempre tiene que ser una gran reserva forestal. A veces comienza con un pequeño núcleo verde en medio de las calles, los vehículos y las edificaciones. Lo importante es que ese núcleo tenga continuidad, protección y una visión de futuro.

Bonao tiene una relación histórica y cultural con el verde. No tendría sentido que sus espacios públicos terminen reproduciendo únicamente la dureza del concreto, visto que una ciudad puede modernizarse sin dejar de respirar.

Por eso, el rescate del Parque Duarte debería convocar al Ayuntamiento, a las instituciones ambientales, a las escuelas, a los vecinos y a la ciudadanía, no solamente para sembrar árboles en una jornada, sino para asumir un compromiso permanente con su crecimiento y conservación. Sembrar es apenas el comienzo, cuidar es lo que convierte un árbol en patrimonio.

Tal vez dentro de algunos años, cuando los árboles hayan formado nuevamente sus copas, alguien puede sentarse bajo aquella sombra sin conocer la historia de lo que allí ocurrió, entonces, escuchará el canto de una cigua, verá pasar una paloma o descubrirá al carpintero trabajando sobre un tronco y quizá no sepa que está contemplando el resultado de una decisión colectiva: la decisión de devolverle vida a un espacio de la ciudad.

Ese debería ser el propósito, no simplemente remozar el Parque Duarte, sino rescatarlo como núcleo de vida.

El autor es licenciado en derecho

Reside en Bonao, provincia Monseñor Nouel

Agosto 30, 2026